El voto nulo: la torre de Babel de la democracia

Isabel Zapata Morales
Lic.en Ciencias Políticas


En los últimos días se ha levantado un debate generalizado sobre el voto nulo: la gente lo platica en las calles, se publican artículos en los periódicos, los perfiles de facebook se llenan de referencias al respecto.

Las opiniones son de mole, de chile y de manteca. Hay quien, no sin cierto ingenuo atrevimiento, asegura que anular el voto equivale a boicotear la elección. Se dice también que es una manera de hacer ver a los políticos el descrédito que tienen ante la sociedad, obligándolos así a esforzarse por representar mejor al electorado. Personas cuyo punto de vista tiene un impacto fuerte en la opinión pública, como Carlos Loret de Mola, argumentan que “no se sienten representados por nadie”. Comprendo, es más, comparto la postura. Estoy convencida de que el vínculo entre representantes y representados es cada vez más débil, encuentro ejemplos de abusos de poder que brotan de las coladeras, creo que los intereses de ciertos grupos tienen mayor peso en el quehacer legislativo que la propia voz de los ciudadanos. Entiendo: entre mafiosos, oportunistas y corruptos es difícil encontrar a quién darle nuestro voto. Es claro que algo está mal, el error es pensar que ese algo –la clase política- es independiente a nosotros, que basta anular nuestro voto para solucionarlo.

La falla en esta serie de argumentos es asumir que el problema son los políticos y no las instituciones, suponer que los políticos mexicanos –por no decir que los mexicanos en general- son moralmente inferiores a los de otros países. No lo son. El problema, en mi opinión, está en el diseño institucional, en la serie de incentivos perversos bajo los cuales actúan nuestros políticos. A falta de reelección legislativa inmediata, los legisladores le deben más a su partido que a sus representados. Los vicios del régimen priísta (que no son pocos) están presentes en los gobiernos azules y amarillos de hoy, no se terminaron en el 2000. La corrupción es una moneda de dos caras, y tanta culpa tiene el que pide la mordida que el que acepta darla. Más que políticos honestos y responsables, México necesita ciudadanos honestos y responsables, participativos. En democracia no hay ellos, hay nosotros.

Es por esto que, más que grave o “peligroso”, como lo describen algunos políticos, un voto nulo es simplemente insignificante. Es asumir, en una mezcla entre cursilería y desconocimiento, que el mensaje que los anuladores pretenden dar es uniforme y claro, y, más aún, que la clase política lo interpretará correctamente. Nada más falso: las voces de los anuladores son disonantes, sus mensajes múltiples, incluso contradictorios. Igual de errático resulta no votar: el abstencionismo voluntario, conciente, se confundirá con los que fallaron a las urnas por irresponsables u olvidadizos.

La anulación como acto de protesta es ineficiente, su mensaje impreciso. Como señala Jesús Silva-Herzog Márquez, pretender castigar a todos los partidos es excusarlos a todos. La campaña por la anulación del voto es atractiva, pero los altos porcentajes de abstencionismo en un sistema político como el mexicano, lejos de modificar la oferta política o robustecer el sistema de rendición de cuentas, fortalecen a los partidos y debilitan a la democracia. No votar es irresponsable, anular la boleta insuficiente. Si realmente queremos generar un cambio, necesitamos mucho más que eso.

7 comentarios:

BACHTOLD dijo...

Mi querida Isa,
Me parece atinado el artículo solo le pondría aderezo de cachetada sin caricia, me parece que diste justo en el talón de Aquiles, en México anteponemos los intereses de nuestro ser a los de nuestro partido y al final ponemos los intereses de nuestro País, el tan solo invertir el orden en esta ecuación nos traería progreso, democracia, virtud y la tan ansiada unión.

Guacamayos dijo...

Claro que la corrupción es en si un equilibrio institucional; aunque terriblemente ineficiente. El sistema de partidos es irresponisivo e irresponsable y los actores, sin riendas institucionales adecuadas (como bien dices) galopan con el cinísmo de incentivos individuales a cuestas (y a costa) de todos nosotros. No obstante, el voto nulo (aunque inútil) no es insignificante, es un basta, la pregunta a resolver es ¿es claro quién se beneficia? parece que no...todavía.

IZ dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
IZ dijo...

Ernesto: estoy de acuerdo con lo que dices de los intereses. Mi única observación al respecto es que no considero que sea un problema que se deba a que somos mexicanos, si no al arreglo institucional que impera en nuestra democracia.

Guacamayos: exactamente, la situación actual de la clase política se debe al equilibrio del que hablas, ineficiente y perverso como es. tienes razón, en este sentido el voto útil no es insignificante, ya que se trata de un síntoma de la descomposición político-social que vivimos. Pero, como remedio a ésta, es inútil, por los motivos que menciono en el artículo (entre muchos otros) si no va acompañado de otras acciones, ¿no crees?

pd. eliminé el comentario anterior porque se publicó con mi perfil secundario.

*Marik* dijo...

Creo que el anular el voto tendría la relevancia que algo así implica (que un país, una generalidad anule su voto) si en el día a día fueramos ciudadanos preocupados y ocupados. Por desgracia los somos, si bien nos va, cuando vemos las cosas tan feas que no nos queda más que dar patadas de ahogado... como tramar la anulación de los votos. Triste.

Anónimo dijo...

La anulación del voto implica también aceptar que otro más decidirá. Mas que una forma de protesta es un golpe de indiferencia contra uno mismo.

Marcos Algara Siller dijo...

Comparto unas reflexiones al respecto:

http://marcosalgarasiller.blogspot.com/2009/06/somos-una-nulidad-o-la-nulidad.html

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